Cuerpo de agua

14 Ene

 

En memoria a mi madre

 

Bárbara y baldía,
pequeña pastora
sucumbe
ante los terrores tiernos
de una inocencia destrozada,
mínimos ojitos de pestañas cortas,
lo bello de tu rostro choca
y explota sobre
lo imposible de tu cuerpo,
la rebeldía de tu pelo
fue taimada y recortada,
para evitar lo exuberante
de tu frente
y tu cuerpo doblegado,
aterrorizado
por voces de guardianes inermes,
cayó bajo el peso cruel
de tus lágrimas impacientes,
lágrimas de día,
lágrimas de miedo y alegría,
llanto de noche,
reproche de olvido
y llanto de madrugada,
te vi llorar desesperada,
desaforada, lágrimas secas;
me lloraste y te lloré,
te amé
como aman las hijas
al cuerpo que las hizo nacer,
abracé tu pecho yerto
y escuché el vacío en tus costillas,
mi peor pesadilla
inundando todo mi ser;
fuiste un mar imposible de cruzar,
fuiste carencia y exceso,
razón y sin sentido,
carne y espíritu,
enigma magnifico y fantasía,
cuerpo de agua
en donde vivo sumergida.

 

 

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Mentiras blancas

10 Ene

Te decoro la alegría
con nostalgias compradas,
te fabrico
una materia amante
que puedas tocar,
elaboro con silencio
mis excusas anhelantes,
trampas movedizas
y mil artilugios
para absorber el deslave
de tus lágrimas potentes;
dibujo los planos para llegar a tu tristeza
y me armo de ternura
para hacerla explotar,
necesito reventar
el sacro baúl
de tu memoria
y saltar de rama en rama,
esquivando las ranas
que tus penurias hacen parir;
mi garganta es un estorbo
y me pierdo
en un grito sordo
abrupto,
sorpresivo,
te engaño
y caigo…

Te suavizo
mansa y nueva,
diáfana y madrugada,
me doblego y me entrego
a tu caudal
de espanto y espectro.

 

 

 

 

Carta para quien no estuvo

7 Ene

Somos estrellas y polvo,
eterno retorno y
una huella floreciente
en el pétreo esplendor
de tu pelo;
te ví en sombras
agonizando
una fiebre sudorosa,
un frío expectorante
y tus corrientes
desbordándose,
lamiendo las sobras
en el fondo del cuenco.
Me desnudo en tu río,
yo no guardo nostalgias,
he sembrado olvido
en todos los ombligos
que he podido,
para cosechar fragancias
y puntos ciegos
y mares muertos;
la venganza,
es el deseo que implota
y retuerce,
es tu lengua,
son tus dientes,
no te merezco,
no me mereces
y de vez en cuando
creces
y te quedas muda,
te desvaneces,
no vuelvas nunca,
ya no me beses;
triste fortuna:
¡La bruma!
¡Silencio!
¡Ensordece!

 

 

 

Todos Sufrimos

6 Ene

   ¿Y si, en lo real, lo único verdadero reside en el hecho de que nunca dejaremos de sufrir? El dolor nunca se va por completo, que nos duela, dolerse por algo o alguien, experimentar el sufrimiento sin importar la causa: sufrimos, y es inevitable. Tratar de estar siempre feliz es una meta imposible que agota; el ser humano siente su sufrimiento  y busca sin saberlo, sacar algún provecho de aquello doloroso. Puede ser un hábito, un aprendizaje, un cambio, una creencia, los humanos buscan formas de apaciguar su sufrir y hacemos esto sin saber que lo hacemos, de manera automática.
A veces pienso que si hiciera ciertas cosas, si me fuera de viaje a conocer otros países, si fuese una mujer enérgica, emprendedora y exitosa, podría sentirme mejor, podría apaciguar mi angustia, pero eso no asegura nada. Podría apegarse a un discurso general del capitalismo actual, al esnobismo alrededor de viajar por placer, la romantización del trabajo como ideal de máxima realización del ser, e incluso podría tomar un viraje hacia un intento de reivindicación feminista. Nada de esto asegura paz y tranquilidad. ¿Y quien dijo que la paz y la tranquilidad son lo esencial para el ser?
En este sentido, cada quien se otorga estos conceptos de lo que es aceptable y lo que no, de lo noble, lo honrado, lo permitido, lo prohibido: no hay nadie más que pueda sostener esto sobre la existencia de uno que uno mismo*. Estos conceptos se entretejen en la visión particular de cada quien y nos construyen como personas en la sociedad, nos acercan a ciertos grupos y nos alejan de otros, forjan nuestro carácter, nuestra conducta. Actúan como jueces, alimentan esa figura que dictamina qué se debe hacer y qué se debe censurar, establecen las leyes de nuestra subjetividad.
Y uno sufre estos mandatos, porque ese juez que está allí designado es uno mismo, eso se estructuró a través de unas cuantas voces de autoridad a lo largo de la vida, personas que respetamos y consideramos ejemplares en algún momento, cuyos conceptos adquirimos y tomamos muy en serio, por confianza, ingenuidad o temor, y a quienes no queríamos fallar, nunca.  Eso nos acompaña siempre, somos leales a nuestros dichos, conscientes o inconscientes. Se formaron desde los otros y los asimilamos como propios hasta el punto en que creemos que de verdad esos mandatos son la Ley, que son producto fiel de nuestra propia invención y que todos los demás deberían estar enterados de eso.
Y ahí uno puede suponer porqué piensa que debería ser feliz siempre, tener dinero y ser exitoso ¡Porque nos lo dijeron! Nos han dicho desde pequeños que de eso se trata la vida, que hay que buscar (y encontrar) ese lugar perfecto donde existir es sencillo y placentero, donde no hay sufrimiento, donde no estamos locos y nada de lo externo nos perturba en nuestra fluida y ascendente carrera a la fortuna y la gloria, donde podemos trabajar y ganar millones de billetes y al mismo tiempo, no comprometer el ocio para dedicarse conocer cosas nuevas, hacer ejercicio, tener familia, vida social, posesiones materiales, prestigio laboral y la ecuanimidad de un monje budista.
Todo eso es absurdo e inalcanzable. Sufrimos estos postulados inverosímiles, creyendo que son ideas que se nos ocurrieron originalmente a nosotros en particular y en nuestra humanidad buscamos sacar algún provecho de ello, haciendo mucho más de lo necesario para estar contentos. Uno se descubre aterrado de estar aburrido, culpable de un período de inactividad, siempre estamos entre “perder” y “no tener” tiempo. Hasta el punto en el que aquel placer prometido se vuelve imposible de alcanzar.
Algo que sí es posible, es darse cuenta del momento en el que uno se deja llevar por ese frenesí. Es poco probable que estos pensamientos tengan una raíz en lo real, son todas proyecciones simbólicas de nuestros jueces del bien y el mal, de los que hablan del “deber ser” a través de nuestra boca. Y muchas veces solo están ahí operando en otro plano de nuestra mente que no conocemos, se dejan entrever en el discurso pero se esconden y a veces salen a mostrarse y pretenden tomar un lugar totalizante.
Es inhumano pensar en una vida sin sufrimiento, en este momento histórico, donde somos bombardeados por ideas irreales sobre quienes deberíamos ser según el mercado, sin tomar en cuenta las condiciones particulares de cada persona. Lo más cierto que existe es la capacidad de sufrir y angustiarnos por aquellos mandatos imaginarios, y en la actualidad estos se transmiten de forma invasiva a través de la publicidad, las redes sociales, los numerosos discursos de espiritualidad occidentalizada y las falacias de la auto ayuda. Nos generan el malestar con la promesa de curarlo.
Es importante entender que no hay cura vitalicia para el sufrimiento, este solo cesará cuando se muera nuestra consciencia. Nuestros mecanismos para lidiar con el dolor son automáticos, valdría de mucho darse un paseo por aquellas cosas que encontramos reconfortantes y revisar qué hemos asimilado para nuestro propio disfrute y qué estamos persiguiendo ciegamente con la idea de no fallar en complacer a los jueces de nuestra consciencia.  En una cultura donde se busca el placer y la tranquilidad de manera enfermiza, esta noción puede resultar controvertida.  Sin embargo, podría abrir una puerta hacia un lugar más sosegado en el cual ubicarse al respecto, donde esas voces acusadoras que nos atormentan y nos generan sufrimiento puedan ser escuchadas y estimadas como lo que son: producciones de nuestra imaginación.

 
* Sin contar, por supuesto, con lo punitivo y coercitivo de las fuerzas del Estado y la Ley.

Materia anónima: Parte II

5 Ene

Hablo desde la punta del navío más extraviado,
aquel que no ha visto la tierra en miles de soles
ni un solo faro en incontables lunas.
Hablo desde la cueva donde nadie me escucha,
hablo desde el fondo de la botella.
Hablo, en lugar de seguir corriendo e ignorar
el fuerte viento que sopla desde la arena;
como ruge la mar abierta,
me abro y te pido que me abras,
ábreme la puerta,
háblame, para que yo hable,
porque te he amado desde la boca.
Te hablo desde el principio,
respirando humedad boscosa,
devorando tu inquietud bajo las risas
y los susurros de los arboles.
Desde la boca te digo que saber es sabroso
y hablar es un goce sabroso que hay que saber hacer.
Hablo desde las entrañas estoicas
que ya no padecen su extravío,
hablo desde la boca
que encontró su sabor favorito en las palabras,
lo que te digo
es también una caricia,
condensada en un sonido
que mis labios elaboran
con el deseo de llegarte a tocar.